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Morir a fuego lento
Sunday, 19 October de 2008
Por más que los gobernantes alcen muros cada vez más altos, fortifiquen con alambradas las zonas prohibidas y desplacen los centros penitenciarios hacia las periferias y hacia territorios cada vez más alejados, el lugar de lo carcelario crece en el corazón de las sociedades posmodernas.

Claro que, sumergidos en la hipocresía ambiente, la inmensa mayoría de nuestros conciudadanos se contenta con no ver ni saber nada de esos centros de la barbarie contemporánea. Además, para que la cárcel abandone radicalmente el ámbito de lo visible, en siniestras oficinas los funcionarios estudian ya planos de prisiones subterráneas... ¡y por qué no en la luna! Alain Brossat en su libro ´Pour en finir avec la prison´ hacía esta abrumadora constatación: "No sólo por el recuerdo de Auschwitz e Hiroshima medirá la humanidad futura la distancia que nos separaba de ella. También lo hará por el hecho de que, al lado de esos lugares que dan fe del furor exterminador que se apoderó del siglo XX, cubrimos de forma muy duradera la superficie del planeta con esos lugares banales del encierro penal que son otras tantas fábricas de subhumanidad, sustraída no sólo del mundo común, sino mutilada y destruida, abandonada y al tiempo expuesta sin tregua como tributo del Estado".

Los postulados de la cárcel para todo y la tolerancia cero, que dominan el auge carcelario de los últimos veinte años, no salen ex nihilo de las mentes enfermas de la revolución neoconservadora estadounidense ni se difunden en los países industriales por simple moda reaccionaria y mimetismo empresarial. En todo momento, el ´vigilar y castigar´ descrito por el filósofo Michel Foucault ha estado imbricado con los desarrollos caóticos del capitalismo y con su imperativo de imponer normas de forma masiva. Así, el panóptico carcelario apareció en el siglo XIX con la revolución industrial. El encierro en celdas remitía al trabajo del obrero en su puesto, en su grado más alto de vigilancia, y a la amenaza permanente que constituía en caso de rebelión. Y hoy es imposible desconectar las derivas penitenciarias del nuevo modo de producir, de las desigualdades abismales y del apartheid de la sociedad neoliberal.

La superpoblación y pauperización galopante de la población penal, la creciente prolongación de las penas, las violencias físicas y psicológicas ejercidas en nombre del restablecimiento de la autoridad... y los demás aspectos de la detención actual remiten a la precarización del trabajo y a la necesidad de controlar las clases peligrosas. Por ello, lo esencial de la misión penitenciaria se resume en la exclusión de un número cada vez mayor de pobres y rebeldes al orden establecido y en la reducción por todos los medios de los costes de ese encierro. En la mayor parte de países europeos, el número de reclusos casi se ha duplicado en algunos años y, de forma paralela, los gastos diarios por persona no dejan de disminuir. Las subvenciones se dirigen en esencia al ámbito de la seguridad de los establecimientos. Son numerosas las cárceles donde unas estructuras habitables provisionales ocupan los antiguos terrenos de deporte y patios de paseo. La mayoría de los programas de educación y las actividades socioculturales han desaparecido o son financiadas sólo por los detenidos o por organismos no estatales. Todos los ámbitos de lo cotidiano son puestos en cuestión, la calidad de los cuidados médicos, la alimentación, las condiciones de alojamiento e higiene, el número de paseos así como las horas de locutorio. En la mayor parte del territorio, las leyes que rigen el encierro sólo se respetan en parte. El nivel de vida (o de supervivencia, como se quiera) ha caído en picado en pocos años y, desde hace cuatro, a una velocidad de vértigo.

Para comprender cómo se ve privada la opinión francesa de un verdadero debate sobre la barbarie y la utilidad carcelaria y sobre el modo en que se establece el consenso securitario, conviene ante todo superar la cantinela ideológica que glorifica al país fundador de los ´derechos humanos´. Y, para ello, citaré sólo dos ejemplos históricos de la obra civilizadora francesa en los ámbitos del encierro: uno, el exterminio en los penales coloniales, donde murieron decenas de miles de reclusos deportados antes del cumplimiento de sus penas; y dos, durante el régimen de Vichy (por no hablar de la colaboración sin fisuras de la administración penitenciaria con el ocupante nazi) las medidas inspiradas por los axiomas eugenésicos que aseguraron la eliminación de dos tercios de los enfermos internados en asilos psiquiátricos.

Y hoy se establecen insidiosamente mecanismos similares. El conjunto de las estructuras de poder contribuye a la huida hacia adelante de la seguridad. El endurecimiento penal y penitenciario se dinamiza con el coqueteo con las fuerzas más conservadoras. Las medidas se decretan tras campañas publicitarias orquestadas por los medios de comunicación aprovechando sucesos espectaculares. Los anuncios populistas del acorralado régimen chiraquiano responden al golpe por golpe. El resto de la clase política prefiere mirar hacia otro lado. Y, en el corazón de lo penitenciario, el poder y la ferocidad funcionariales se organizan en sindicatos corporativistas ultraconservadores.

En consecuencia, la vuelta de tuerca que oprime a la población encarcelada parece no tener fondo. Todos los meses se anuncian nuevas restricciones. Las conquistas obtenidas tras las grandes revueltas de principio de los años setenta - en la época en que Michel Foucault animaba el apoyo político a los reclusos en lucha- se han desmantelado de modo sistemático. La aplicación de las penas y el sistema carcelario francés en su inexorable regresión amenazan por acabar reproduciendo la catástrofe penitenciaria de un estado estadounidense como California.

Por dar un solo ejemplo, plantearé el problema de la reclusión criminal a perpetuidad. Creo que por medio de él se ve claramente el engranaje actual. Con el culto de las víctimas, al orden securitario le cuesta cada vez más aceptar la liberación de los reclusos. Ya se elevan algunas voces para reclamar la pena real y definitiva. Y otros expertos proyectan la instauración del confinamiento, la pena después de la pena, creando centros de exclusión donde los antiguos detenidos acabarían su vida apartados de la sociedad. Es inútil subrayar que tales reflexiones atacan directamente la noción constitucional de reinserción de los condenados. En dos décadas, la pena media cumplida ha pasado de 18 a 26 años. La liberación de Lucien Léger tras 42 años de encierro ilustra la situación.

Ya no es raro cruzarse en las galerías con viejos reclusos que han cumplido casi treinta años. Al tiempo, los tribunales dictan cada vez más penas a perpetuidad y penas más allá de la dimensión humana. En consecuencia, el personal de vigilancia reclama medidas excepcionales para custodiar a hombres sin esperanza de liberación. Además del endurecimiento de lo cotidiano en el caso de ciertas detenciones, también exigen su militarización.

Y así, gradualmente, la muerte lenta ha acabado por ocupar el lugar del patíbulo. Esta guillotina seca se corresponde con nuestra época bárbara que se ofusca con la visión de la sangre. El exterminio se basa en la nueva filosofía para las penas largas: el morir a fuego lento. Los detenidos envejecen, enferman y mueren. Nada más natural. Así, Yves Maupetit, el último condenado a muerte indultado algunas semanas antes de su ejecución, no volvió a ver el exterior; murió en el hospital penitenciario de Marsella tras años de cárcel. Y podría citar centenares de ejemplos, frente a las cifras de fallecimientos sistemáticamente falsificadas por las autoridades. Los funcionarios se las apañan para levantar el cerrojo del moribundo algunas horas antes de su último suspiro. De ese modo, los cadáveres no enturbian las estadísticas. Y la fábrica devoradora de hombres puede funcionar con toda tranquilidad. Y por eso desde hace algunos años los centros penitenciarios de este ´hermoso país´ ha sido rebautizados: los eliminatorios de la República.

 

Jean Marc Rouillan 

30/11/05

 
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